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7 marzo, 2012 / noemilopeztrujillo

La belleza en la guerra

El psicoanalista Jacques Lacan defendía que la belleza hace soportable lo real, y permite decir lo que de otra forma no podría decirse. Los japoneses definen este límite como el «Má», un hilo muy fino que Gervasio Sánchez consigue cruzar como si de un trapecista se tratara, fotografiando de forma hermosa los rostros y cuerpos de desconocidos.

Un soldado salvadoreño dialoga con su novia. Por Gervasio Sánchez

El objetivo de su cámara es una extensión de sus ojos. Sin él, Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) tendría una miopía social que provocaría que, como «el común de los mortales», desenfocase las imágenes. Su cámara corrige las dioptrías que distorsionan una realidad, la de la guerra. «Prefiere vivir instalado en la angustia a la gangrena de una paz que le pudre», escribe sobre él el fotohistoriador Publio López Mondéjar.

Bombas y disparos reciben a los visitantes que acuden a ver sus obras en la Tabacalera. Se trata de una grabación real de cañonazos realizada en los Balcanes, combinada con una proyección de imágenes del reportero gráfico. La antigua fábrica de tabaco acoge la retrospectiva «Antología», un viaje por los 25 años de fotoperiodismo de Gervasio Sánchez. Un total de 148 fotografías y 96 retratos tomadas en conflictos armados de América, África, Asia y Europa.

«El fotoperiodismo es el pariente pobre de la fotografía, pero es muy importante para la sociedad», afirma el cordobés. «Sólo pretendo contar, documentar un drama. Recordarle al mundo que las guerras aún existen porque son un negocio», explica el periodista. «No trato de emocionar, no trato de hacer arte ni de que mis fotografías trasciendan a un museo, pero si lo hacen, genial».

La esfera de La Tabacalera es fría, lúgubre, incómoda. Tan incómoda como algunas de las imágenes del recorrido. «No es una exposición fácil de ver», afirma el fotógrafo, «y eso va en consonancia con el lugar», añade Gumersindo Lafuente, adjunto al director de El País.

Dónde está el límite entre mostrar el horror y regodearse en el horror, se preguntarán algunos. A lo que Bernardo Pérez, fotógrafo y amigo de Gervasio, responde: «El límite está aquí. Gerva lo bordea con elegancia». Ramón Lobo, corresponsal de guerra y periodista de El País, subraya esa idea: «Gervasio pega un puñetazo encima de la mesa. Estas fotos dan al ‘play’ y te hacen pensar. Es una guerra, y en la guerra hay muertos, y los muertos hay que verlos».

Esta premisa también la defienden los padres que llevaron a sus hijos pequeños a la inauguración de la muestra. «Es necesario que vean lo que hay. Pasan miedo, pero aprenden porque te preguntan qué es un bombardeo o por qué se matan», explica una madre. Una niña escondida bajo el abrigo largo de su padre le dice: «Papá, tengo miedo, vámonos a casa», mientras en el extremo opuesto de la sala una pequeña salta de fotografía en fotografía sin apenas pestañear. «No se asombra o asusta ante estas imágenes. Quizá sea porque aún no tiene noción del dolor», explica su madre.

«En la guerra hay vida»

Niños deslizándose por una helada. Por Gervasio Sánchez

La fotografía de Gervasio Sánchez actúa como un cebo para atraer al público hacia un trasfondo de horror. Una realidad cruda como la carne que, como indica Antonio Muñoz Molina en el prólogo del catálogo de la exposición, «no se puede mirar y, al mismo tiempo, no se puede apartar la vista». Pero, ¿hay belleza en la guerra? «Sí, por supuesto», contesta el fotoperiodista. «La belleza está en la vida, y en la guerra también hay vida. Y la vida es bella».

Ramón Lobo secunda esta idea. «No me hace falta describir la belleza de la guerra, que la hay, la puedes ver en estas fotos. En la de los dos niños abrazados caminando por una calle de Kosovo o en la de unos amigos deslizándose por una calle helada en Sarajevo». Frente a esta última foto, un pequeño grupo de personas sonríe. Enfrente, otro grupo observa una imagen en la que unos civiles miran los cadáveres de unos guerrilleros. Muecas y miradas que se apartan. El contraste de la vida y la muerte que el fotógrafo intercala en las paredes de La Tabacalera: niños que observan una parada militar, un soldado que dialoga con su novia, niños que inhalan pegamento, miembros amputados o niños con pistolas de juguete.

En definitiva, es, una vez más, el trabajo de Gervasio Sánchez.  Una «Antología» que actúa como una panorámica contextual que documenta cada parte de un todo, que es el conflicto bélico. Un modo de luchar contra las guerras y de recordar que existen.

Un hombre lanza el cuerpo de un niño víctima del cólera al fondo de una fosa común en Goma (República Democrática del Congo). Por Gervasio Sánchez

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